Mariátegui en Dymaxion

“Mariátegui en Dymaxion: perspectivas sobre los lugares, tendencias y posiciones de Mariátegui en la teoría revolucionaria” (Descargar Pdf)

El siguiente ensayo realiza una caracterización del pensamiento de Mariategui siguiendo el hilo conductor de lo que identificamos como interrogación por el “modo de ser revolucionario”. La exploración implicada por esta tarea se restringe a ciertos textos, desde donde se espera poder visualizar el lugar que puede ocupar el pensamiento del amauta en el contexto de la “teoría revolucionaria”, tanto así como sugerir elementos que nos permitan “seguir pensando con Mariátegui”.

Este ensayo fue presentado como ponencia en el Encuentro Internacional a 80 años de la muerte de José Carlos Mariátegui, realizado en la Universidad de Valparaíso el 19 de agosto de 2010.

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La cuestión de los “actos ejemplares”

«El Comunismo de Consejos en Alemania y el atentado incendiario de Van der Lubbe contra el Reichstag. La cuestión de los “actos ejemplares”»

Capítulo VI del libro “La Gauche Communiste Germano-Hollandaise des origines à 1968” de Philippe  Bourrinet (Disponible en: http://www.left-dis.nl)
Traducción de Jorge Budrovich S. y Carlos Lagos P.

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El Reichstag (Parlamento alemán) en llamas, el 27 de febrero de 1933

En torno al incendio del Reichstag en febrero de 1933,  la “verdad histórica” que finalmente se ha impuesto, es que habría sido un auto-atentado organizado por las bandas del nazi Herman Göering para justificar la represión de los comunistas alemanes y el fortalecimiento del régimen hitleriano. Muy pocos han llegado a reconocer al militante consejista Marinus van der Lubbe como el auténtico autor material de ese atentado, y a admitir que se trató de un acto motivado por su odio al régimen y no de una provocación instigada por el propio gobierno nazi. Asimismo, fuera del coro de lamentos y acusaciones que en 1933 unió a stalinistas, socialdemócratas e incluso anarquistas en contra de “los provocadores van der Lubbe y Göering”, tan sólo un puñado de comunistas se mostró capaz de sopesar con lucidez y con criterio de clase los hechos y su verdadero significado.

Las polémicas y enfrentamientos que rodearon al atentado de van der Lubbe contra el Reichstag son, diríamos hoy, “paradigmáticos”. Antes y después de ese acontecimiento, los anticapitalistas de toda estirpe se han creído obligados a ver en los actos de terrorismo minoritarios burdas “provocaciones” orquestadas por el poder, o bien a defender esos actos como si fueran encarnaciones supremas del espíritu revolucionario de su época.

Lo más evidente y simple respecto a estas cuestiones, es por lo general lo más silenciado. En tiempos de contraofensiva capitalista, cuando las masas de explotados quedan reducidas a la mera subsistencia animal y se muestran incapaces de sacudirse sus cadenas, parece inevitable que algunos anticapitalistas de corazón pretendan torcer el rumbo de las cosas mediante “actos ejemplares” de gran impacto. Que esos actos se justifiquen en términos nada lógicos ni racionales, sino más bien en contra de la lógica y de la razón – en términos de una “oposición total a todo lo existente” – , no sólo es un síntoma del estado general del movimiento proletario; también indica hasta dónde pueden llegar esos actos y las consecuencias que necesariamente deben tener. Ocurre sencillamente que por más que esos actos partan de una voluntad que quiere situarse “por fuera y contra” todo lo que existe, siempre se piensan y se ejecutan “dentro” de una realidad social en la que no pueden dejar de tener unas implicaciones prácticas bien precisas. El defecto de esa voluntad negadora que hace abstracción de “lo que existe”, es que no toma en cuenta a sus enemigos – que también son los enemigos de una clase social – ni a su capacidad de maniobra en un mundo hecho a imagen y semejanza de su economía, de su ideología y de su política.

Marinus van der Lubbe.

Puede que van der Lubbe no estuviera en condiciones de prever que su gesto desesperado ayudaría al capitalismo nazi a consolidar su poderío sobre la clase obrera alemana. En todo caso, no es cuestión de acusarlo o absolverlo. La responsabilidad sobre los “gestos desesperados” recae en el presente, sobre los que conocen – o al menos debieran conocer – la experiencia acumulada por el movimiento de oposición al capitalismo en el ultimo siglo.

Los que se niegan a reconocerle realidad y validez a “todo lo que existe” limitándose a rechazarlo de plano,  tienen que pasar por alto algunos hechos importantes. El incendio del Reichstag en 1933 no sirvió al proletariado alemán, sino al capitalismo nacionalsocialista. Cuando la clase obrera italiana empezaba a desplegar su fuerza revolucionaria a fines de los 60, fue el Estado el que se defendió poniendo bombas a diestra y siniestra para poder criminalizar a los insurgentes. En 1978 los aparatos represivos de Pinochet rivalizaban entre sí haciendo estallar bombas en Santiago a fin de justificar el exterminio de opositores. Hasta ahora la única consecuencia relevante de los atentados explosivos ocurridos en Chile en los últimos años ha sido el encarcelamiento de algunos anarquistas usados como chivos expiatorios para mayor gloria del gobierno de turno.

La discusión acerca del uso de la violencia no es una discusión sobre principios, sino sobre métodos (al respecto hay varios textos en esta sección). En consecuencia, es una discusión que exige tener en cuenta si no “todo lo que existe”, al menos unos cuantos elementos de lo que existe. Cualquiera que se declare enemigo del capitalismo y que desee la emancipación de la humanidad oprimida, debería en primer lugar procurar actuar de manera que sus actos no debiliten al movimiento social que puede y debe reanudar esa lucha por la emancipación.

Obviamente no tendría sentido reprocharle ahora a van der Lubbe los efectos nocivos de su “acto ejemplar”, que para él deben haber sido imprevisibles. Pero no hay razón para tener la misma indulgencia respecto a los que hoy día creen haber llegado al límite de sus posibilidades al desplegar una pirotecnia que sólo ha servido al poder en sus afanes represivos.

“Incluso si tales actos efectivamente golpearan y debilitaran a la burguesía, la única consecuencia de ello sería fomentar entre los trabajadores la creencia de que esos actos personales bastan para liberarlos… creencia que los alejaría todavía más de la acción autónoma como clase.”

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Otros textos sobre el mismo tema:

«El acto personal» (Anton Pannekoek, 1933)

«La destrucción como método de lucha» (Anton Pannekoek, 1933)

«¿Arde el Reichstag?» (Internacional Situacionista, 1970)

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Yoga y revolución

Publicado originalmente en gallego-portugués en el Boletín Ígneo, nº 9, marzo de 2007. Traducido y revisado por el autor, Roi Ferreiro.  Extraído del sitio web del Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques.

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Puede parecer extraño que al mismo tiempo que iniciamos una serie de textos sobre tecnología, aparezca en este portal una categoría de entradas bajo el título “espiritualidad y revolución”. Y más aún que un artículo sobre la práctica del Yoga sea etiquetado bajo ambas categorías.

Por el momento este cruce de temas responde a una intuición que tiene que ser desarrollada teóricamente. En los propios textos ya se encuentra en parte la respuesta. Quizás haga falta añadir, para despejar cualquier duda, que cuando hablamos de tecnología estamos usando este término en su acepción más convencional, que nos remite al vocablo griego téchnē (τέχνη, “arte, técnica u oficio”), y que designa aquellos “conocimientos técnicos, ordenados científicamente, que permiten diseñar y crear bienes o servicios que facilitan la adaptación al medio y satisfacen las necesidades de las personas” (Wikipedia).

Existe una escuela de investigación que considera la escritura como una tecnología, y esto es un ejemplo de la amplitud que puede alcanzar esta noción. En cuanto a las disciplinas espirituales (como el Yoga, que es una entre muchas otras, producidas no sólo en oriente sino en todas las sociedades originarias), éstas han sido consideradas desde siempre por sus propios desarrolladores como verdaderas tecnologías, aunque solo en tiempos recientes empezaran a ser descritas  con este término.  El Yoga, en particular, es un conocimiento sistemático, riguroso y ordenado, aplicado al auto-desarrollo intencional del organismo humano como totalidad integrada.

Visto así, no hay ninguna razón para investigar las formas de la actividad espiritual y el desarrollo tecnológico como si fueran dimensiones separadas del devenir humano. En relación con el proyecto comunista, especialmente, estos dos aspectos tomados en conjunto adquieren una importancia cada vez más obvia como fuerzas motrices de la evolución más allá del modo de producción capitalista, más allá de las sociedades de clases.

No ignoro las críticas que autores como Freddy Perlman o John Zerzan han planteado respecto a una tecnología tan elemental como la escritura (incluso la simbolización en general), considerándola como una nefasta inmovilización de la oralidad primigenia, como una tecnología nacida al servicio de la dominación de clase. Pero tampoco se puede pasar por alto que con ello sólo actualizan y extreman la reacción defensiva que tuvo Platón hace 24 siglos, cuando quiso hacer ver que “la escritura es inhumana al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él”.

Muchos de los desarrollos que en algún momento pudieron ser considerados como “inhumanos” han terminado revelándose como rasgos distintivos de nuestra especie, como factores de humanización a fin de cuentas. La capacidad para fijar contenidos de la consciencia por fuera del pensamiento, por ejemplo, puede ser vista como la confirmación práctica de que tales contenidos sí pueden existir efectivamente fuera de él, lo cual puede parecerle inhumano a Platón, pero profundamente humano a nosotros.

Los que rechazan la tecnología por creerla una fuerza deshumanizadora deben suponer necesariamente que existe algo así como una “naturaleza humana” primordial que sería posible recrear o recuperar, remontando la Historia hasta un origen idílico. Olvidan que no existe ninguna naturaleza humana, porque el ser humano, a diferencia de las otras especies, se produce a sí mismo transformándose continuamente. En ese proceso es imposible distinguir sus creaciones tecnológicas – por ejemplo la secuencia escritura/imprenta/red de computadoras – de la huella dejada por su propia existencia como especie auto-producida.

Este razonamiento puede ser llevado incluso más lejos en relación con las disciplinas espirituales como el Yoga. Siendo que sus orígenes se remontan hasta 8 o 10 mil años atrás, y tomando en cuenta su contenido y su finalidad como formas de auto-producción de la consciencia, no parece inverosímil suponer que éstas tecnologías constituyeran los primeros esfuerzos hechos por el homo sapiens para dominar humanamente su propia enajenación respecto al conjunto de la biósfera.

Así como el pensamiento revolucionario moderno ha considerado, en muchas de sus vertientes, al avance tecnológico como un factor crucial para el advenimiento de la sociedad sin clases; muchos revolucionarios – entre ellos Anton Pannekoek y Guy Debord por mencionar a un par – han subrayado la necesidad de desarrollo espiritual para la auto-emancipación del proletariado. Creo que están dadas las condiciones para pensar en una síntesis teórico-práctica de estos dos aspectos.

Es en este sentido que esperamos hacer una contribución al publicar, en un mismo sitio, una serie de artículos que comprenden tanto la dimensión tecnológica como la dimensión espiritual del devenir comunista de la humanidad.

C.L.

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“Auschwitz: el gran alibi”

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"El trabajo os hará libres" (Arbeit macht frei) se lee sobre el acceso principal al campo de Auschwitz y a otros campos de exterminio nazi.

El artículo “Auschwitz: el gran alibi” tiene una gran relevancia en la historia de la izquierda comunista internacional. Fechado en 1960, constituye uno de los pocos intentos serios por comprender, desde un punto de vista marxista revolucionario,  el genocidio perpetrado por los nazis en los años 30-40 del siglo pasado. Haber planteado el problema de los campos de exterminio desde tal perspectiva materialista – en vez de reducirlo a su dimensión ética o antropológica como hicieron la socialdemocracia y la escuela de Frankfurt, respectivamente – le valió con el tiempo a los militantes de la izquierda comunista la acusación de “revisionismo” e incluso de negar la existencia del holocausto judío.

En efecto, a una parte de la corriente comunizadora – la que proviene de la antigua librería/editorial La Vieille Taupe - le tocó en cierto momento el papel de chivo expiatorio, al ser expuesta públicamente como prueba de la existencia de un temible arco antidemocrático que incluiría por igual a la ultraizquierda y a la ultraderecha. Se esgrimió entonces la actividad editorial de La Vieille Taupe (que efectivamente se dedicó a a publicar libros revisionistas ya abandonadas sus preocupaciones por el comunismo) como ejemplo del tipo de  excesos que se había vuelto urgente frenar a toda costa. La organización de derechos humanos Amnistía Internacional fue, en los años noventa, una de las principales instigadoras de este lobby destinado a justificar la promulgación de leyes represivas que castigan con multas y encarcelamiento a los súbditos de la Unión Europea que se atreviesen a hablar del holocausto judío en términos que no fueran los permitidos por la autoridad gubernamental. Esta severa limitación a la “libertad de expresión”, es decir esta censura legal, está hoy en pleno funcionamiento en esos países.

Hoy en día es fácil encontrar artículos donde se afirma que “el negacionismo del holocausto no ha sido obra de neo-nazis, sino de ultraizquierdistas”. No es tarea de los continuadores de la izquierda comunista responder a estas estúpidas acusaciones, pero sí es su deber tratar de clarificar lo que está en juego en estas campañas de difamación. Qué mejor, para ello, que volver a publicar el texto que en primer lugar puso el tema sobre el tapete.

Junto con nuestra traducción de “Auschwitz: el gran alibi”, incluimos a continuación un fragmento del texto “El enfoque general”, donde los editores de la revista Troploin sitúan este tema en perspectiva, discutiendo además la lamentable actitud que los izquierdistas han tenido en relación al mismo:

“La Alemania nazi deliberadamente asesinó a millones de judíos y muchos de ellos en cámaras de gases. Son hechos históricos. Desde finales de los sesenta (pero no inmediatamente después de 1945) tal genocidio ha sido interpretado en Europa y en los Estados Unidos como el mayor hito del siglo 20, un suceso
absolutamente distinto de todos los demás, que inauguró una época completamente nueva en la historia humana. Auschwitz ha sido sacado de su contexto histórico.
La crítica social puede y debe cuestionar esa interpretación. Esto no significa poner en duda la materialidad de la evidencia empírica real sobre la que se ha basado (…) Lo que debemos hacer es volver a situar Auschwitz en la historia, y en lo que domina la historia de los siglos 19, 20 y 21: el capitalismo. Este empeño choca con un partido poderoso. Calificar 1789 de revolución “burguesa” es visto como algo “un poco demasiado marxista” y reductor, pero no despierta ninguna reprobación. Ligar el antisemitismo nazi al capitalismo, incluso aclarando que el segundo no explica totalmente el primero, ésto es lo que choca, porque el capitalismo no quiere que se le recuerden sus horrores. Sea como sea que se interprete el New Deal, es considerado como una parte de la historia del capitalismo y mucha gente ve esas reformas como uno de sus méritos. En cambio, cuando el capitalismo se vuelve nazi ya no es considerado como capitalismo, sino sólo como nazismo. De acuerdo con el sentido común, Roosevelt era un líder capitalista inteligente, pero Hitler no
era un líder capitalista enfurecido: era sólo un nazi enfurecido. Somos culpables de ir contra este sentido común. Esa la raíz de todo el escándalo.
Nunca hemos negado el genocidio nazi contra los judíos, ni hemos apoyado a quienes lo niegan. Pero es inútil tratar de demostrar que no lo hicimos. Nunca vamos a convencer a personas que prefieren conocernos y juzgarnos en base a diez frases nuestras seleccionadas como evidencias de nuestro “negacionismo”. En relación con este tema, las reacciones hacia nosotros caen dentro de tres categorías:
Alguna gente (periodistas, académicos o transeúntes) no tiene ni ha tenido jamás interés alguno en lo que hacemos y decimos en general, y sólo se les despierta la curiosidad cuando oyen decir que somos negacionistas. Obviamente no tenemos nada que decirles. Nuestro supuesto negacionismo sólo hay que discutirlo (si es que hay que hacerlo) con gente que tenga con nosotros más cosas en común que la discusión sobre negacionismo/antinegacionismo.
En segundo lugar, dentro del medio revolucionario (usemos ese molesto término sólo por conveniencia), personas que no se interesaban por nosotros ni les importó La Banquise cuando salió a la luz en 1983, trece años después descubrieron lo infames que habíamos sido por tanto tiempo, incluso desde los años 70. Cuando su periódico les informó de lo malos que éramos, se dieron cuenta de que no éramos gente con quien asociarse y ahora actúan como si un turbio destino hubiese regresado por nosotros. Pero, sea como fuera, nunca se nos habían asociado antes. Si ahora algunos quieren que toda cita de nosotros, o la sola mención de nuestros nombres, venga con un recordatorio de nuestro pasado oscuro, como los avisos de saluld gubernamentales puestos en los paquetes de cigarrillos, bueno, que lo hagan.
En tercer lugar y afortunadamente, están aquellos que se interesan en (y posiblemente discrepan con) nuestras actividades pasadas y presentes, y no dejan que nuestra mala reputación le ponga fin a su interés.
Si alguna vez profundizamos en el tema, una de las condiciones será indagar en la naturaleza exacta del término “negacionismo”, que merece tanto examen crítico como por ejemplo el término “terrorismo” (un libro muy útil al respecto es The Holocaust and collective memory, de P. Novick). Por el momento, sólo reproduciremos nuestro comentario de 1999 sobre la frase que ustedes citaron. Esto será suficiente para mostrar la diferencia entre nuestra perspectiva y la de nuestros acusadores e insinuadores.
“El campo de concentración es el infierno de un mundo cuyo cielo es el supermercado (La Banquise # 1, 1983). Está claro que para nosotros no existe ni el cielo ni el infierno: una realidad horrible creó su representación infernal, mientras que el consumismo moderno produce sus imágenes celestiales. En ambos casos, la expresión usada por La Banquise se refería a esas imágenes y no trataba de comparar las realidades en que esas imágenes estaban basadas, y mucho menos negar su existencia. El régimen “normal” de explotación no presenta un cuadro distinto del que presentan los campos. El campo es simplemente un cuadro más claro del infierno oculto en el que tanta gente vive en todo el mundo (Robert Antelme, Pauvre-Prolétaire-Deporté, 1948). Por cierto, esta afirmación no se refiere específicamente a la solución final, ya que Antelme habla de los campos de concentración más que de los campos de exterminio. Pero ¿quién se atrevería a acusar a Antelme de minimizar la atrocidad de los campos? (él no era ultra-izquierdista, sino más bien un humanista radical, que se unió al PC francés en 1946 y fue expulsado pocos años después). Los campos de concentración son el infierno de un mundo cuyo cielo es el supermercado. ¿Por qué esta frase resulta inaceptable? ¿Por qué los izquierdistas, olvidando todo lo que acabábamos de decir, olvidando incluso a Antelme a quien quizás han leído, entienden esto  como una comparación odiosa entre una cámara de gas y unos clientes haciendo fila en Tesco’s? Porque, aunque no aman los supermercados, los izquierdistas no ven ningún horror en ellos. Así como les gustaría una sociedad democrática con pocas diferencias salariales, sueñan con un centro comercial amigable-con-el-consumidor, equipado con ciclovías, que reúna a la comunidad local, que ofrezca más CD’s educacionales y menos muñecas Barbie, que venda comida orgánica y café boliviano a un “precio justo”. En otras palabras, mercancía con rostro humano. A aquellos que no hacen ninguna crítica del supermercado como concentración de las relaciones de mercado y como lugar de desposesión total, la frase de La Banquise les suena extrañamente paradójica, incluso abominable.
Para nosotros, al igual que para nuestros acusadores, es nuestra visión del supermercado (y de la sociedad) lo que determina nuestra visión de los campos, y no a la inversa. Por eso sería una tarea imposible probar y desarmar a nuestros jueces defendiendo nuestra posición sobre Auschwitz, cuando lo que importa es atacarlos en torno al problema del supermercado. El tema central nunca ha sido el análisis del nazismo o del genocidio, sino cómo nos relacionamos con esta sociedad aquí y ahora”.
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Filosofía de la mente, Yoga primordial

Extractos del artículo “Filosofía de la mente, Yoga primordial”, por Wu Ming 5, Octubre de 2007

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La fotografía de la izquierda muestra tres neuronas (una en amarillo y dos en rojo) interconectadas dentro de un cerebro humano. La imagen de la derecha fue generada desde un modelo matemático de la estructura del universo.

III

El gran pandita tibetano Longchen Rabjam (1308-1363) expresa:

La verdadera naturaleza del mundo es la verdadera naturaleza de la  mente.

Nunca ha nacido y está más allá del dolor.

La liberación se consigue observando la naturaleza de la mente, la verdadera naturaleza de los fenómenos.

Luego, no hay más paz que alcanzar.

Mi tío me enseñó a nadar echándome de un embarcadero. La sensación que experimenté leyendo los versos precedentes de alguna manera es similar.

Entender la naturaleza del mundo, por tanto, significaría entender la naturaleza de la mente. Entender la naturaleza de la mente significaría, con eso, entender el modo en que los fenómenos parecen surgir y esfumarse. La palabra idealismo está totalmente fuera de lugar y también la palabra materialismo. Lo que sucede sería un único fenómeno integral, omnipenetrante, infinito. Como si la neurociencia y la cosmología estuvieran íntimamente conectadas, como si fueran lo mismo. La vibración fundamental del cosmos resonaría cuando el continuum mental se detiene. La metáfora originaria sería: Mente como Espacio. Cada metáfora contiene un mito potencial. Cada mito contiene una verdad psicológica verificable.

En el mundo occidental la tarea de llevar a la especie hacia el umbral de lo inefable no pertenece a la metafísica y a esa particular forma de saber metafísico que es la religión. Lo que empuja hacia lo indecible, en este momento histórico, es precisamente el saber científico. La acumulación de teorías y paradigmas insinúa siempre algo ubicado “más allá” de cuanto pueda ser explicado, demostrado por vía experimental o lógico-matemática. Lo interesante del fenómeno-ciencia es, en otros términos, que el blanco nunca se atina, bajo ninguna circunstancia. Y, junto al movimiento tantálico que proyecta a la mente más allá de los límites de la mente, que indaga en sentido cosmológico, que abraza la Totalidad, existe el movimiento de la mente que se mira a sí misma. No hablamos aquí, aún no, de formas introspectivas o meditativas, hablamos de un saber científico que indaga estados del cerebro y los pone en correspondencia con estados mentales, y de la filosofía de la mente que busca una teoría integral del fenómeno-mente de los datos experimentales.

La tesis tradicionalista que propugna la “inutilidad” del saber científico, la fundamental debilidad de cualquier ciencia no-principal nunca me ha convencido. Cada época histórica produce sus propios vehículos de liberación, y el conocimiento es liberación. La tesis que recita “mejor no saber” es la tesis conservadora por excelencia; la base emocional del fascismo. Ahora, las teorías físicas sobre el origen y la naturaleza del universo, así como aquellas de la neurociencia sobre la relación mente-cerebro, tienen la potencialidad de aproximar a una esfera de pura trascendencia o de total inmanencia, de indicar la tierra pura de la no-dualidad, de la no-dicotomía, de la resolución del abismo entre uno mismo y lo otro: lo que me interesa es entonces la posibilidad de la visión intelectual desencadenada por el estudio y por la contemplación de una teoría científica. En otras palabras, la capacidad que tiene una teoría científica de insinuar a la condición general más común, al estado fundamental de la mera presencia, al ser aquí y ahora.

IV

¿Pero “quién” está aquí, ahora?

En la última obra de Douglas R. Hofstadter, I Am A Strange Loop (2007), el Yo está definido como una “ilusión”. Una ilusión tenaz, recalcitrante. Una ilusión que construye un mundo, un ambiente intelectual, que forma historias personales y colectivas. Algo que parece existir concretamente, la cosa “más real del mundo”, una ilusión que se niega a desaparecer, no importa la cantidad de Hard Science experimental le venga echada encima. ¿La ilusión fundamental alrededor de la cual se disponen todas las otras?

Para Hofstadter esta ilusión tiene una forma. Es un rizo, un bucle, el más céntrico de los símbolos en cuyos niveles, de hecho, simbólicos y físicos de interacción se estratifican, se alinean, se asocian en manera de invertir el proceso de causación: lo que es fruto de procedimientos físico-químicos cree poder escoger. Lo que está determinado cree que determina.

Un Extraño Bucle dentro del cerebro, entonces. Pero no debemos pensar en un lazo cerrado tangible de uno u otro modo, un circuito neuronal con algún tipo de complejidad localizado en un área particular del cerebro o en grado de ceñir varias. No se podría identificar el Extraño Bucle y aislarlo mediante una operación quirúrgica, en manera de ponerlo a la vista de todos sobre una mesa, nos advierte Hofsdadter. El Yo es símbolo. El Yo es abstracción. El Yo es ilusorio, pero existe. Existe porque funciona como un Yo.

Con todo en realidad la ilusión del Yo no es evidencia originaria. Digámoslo groseramente: es bastante dudoso que un infante nutra la ilusión de la cual habla Hofstatder. Parece ser cierto lo contrario, el Extraño Bucle Simbólico aún no está cerrado en la mente de un recién nacido. La evidencia originaria es por tanto otra: existen estados mentales, existe un flujo de conciencia, para utilizar una definición estimada por los escritores. El Yo se introduce a partir de ella. El Yo es una adquisición, la posibilidad de una “historia personal” es evolutiva. El Yo es quizás un pensamiento entre otros.

La investigación sobre la evidencia originaria por otra parte presenta innumerables problemas de orden conceptual y filosófico. Los estados mentales no son observables; lo que puede observarse es la actividad del cerebro que se supone relacionada (¿Efecto? ¿Causa? ¿Formación concomitante? ¿Fundamental identidad?) con los estados mentales. Encantamiento estético del reduccionismo: la no-observabilidad de los estados mentales indicaría la irrelevancia científica del fenómeno mente: lo que es subjetivo no puede ser objeto de investigación científica.

Es como el conocido chiste de la pareja conductista en que el marido pregunta a la esposa después de hacer el amor: – Querida, ¿cómo me lo he pasado?

La posición lógico-epistemológica del marido es indiscutible, pero en los hechos el discurso sobre la mente es posible sólo dejando de lado los supuestos epistemológicos “excesivamente” vinculantes. En los hechos es posible un discurso coherente sobre los estados mentales admitiendo la existencia de una interioridad. La neurociencia es un saber paradójico que insinúa algo que no puede explicar, que tiene como natural correlación, como calco espectral, a la introspección, el autoanálisis, prácticas no-científicas por excelencia.

Cuando se hace referencia a sistemas de pensamiento no-occidentales, generalmente se lo hace en forma muy aproximada. Tal como si dentro de una cultura no-occidental se dijera: la tradición occidental afirma esto y aquello, y se citaran juntos a Marx y Meister Eckhart, Aristóteles y Lacan y de esta ensalada de citas se extrapolara algo supuestamente coherente y unívoco, “el pensamiento occidental” propiamente dicho. Existen sin embargo dentro de una misma tradición posiciones filosóficas diferentes, aparentemente muy distantes. Algunas pueden aportar un apoyo, delinear un punto de vista, abrir una vía de fuga. La confrontación con la alteridad es fecunda a condición de que no se intenten hibridaciones imposibles; a condición de que se comprenda que el significado budista de “ciencia de la mente”, por ejemplo, no tiene casi nada que ver con nuestra “psicología” o con la investigación de la neurociencia sobre las actividades del cerebro y sobre la relación de la misma con los estados mentales. Es como si se nos proporcionara un abanico de instrumentos aparentemente semejantes a los nuestros: utensilios que parecen clavos, que parecen martillos, que parecen cepillos de carpintero y limas, pero cuyo campo de acción está desfasado con respecto a nuestros homólogos; martillos que sirven “también” para alisar la madera, cepillos de carpintero que sirven “también” para abrir puertas, clavos que chaflanan aristas y limas que insertan y extraen clavos. Tenemos que aprender a utilizar instrumentos nuevos; tenemos que crear conexiones y líneas neuronales que nos permitan usar todas sus potencialidades.

El concepto de Mente en el vehículo supremo (Atiyoga o Yoga primordial) de la escuela Nyingma del budismo tibetano es uno de esos utensilios desfasados.

No se puede ajustar a nuestro concepto de mente, cubre su campo semántico y lo excede, es el objeto principal de la investigación intelectual y en este sentido es como una llave que sirve para chaflanar las aristas. Está más allá de las categorías de existencia y no existencia; es no-existente como sustancia, diríamos nosotros, sin embargo es la matriz originaria de la cual surge la dualidad, el yo-y-otro, los fenómenos, el crecimiento y el decaimiento. Todo esto no se postula por vía intelectual: es una verdad “auto-experimental”, que surge dentro del flujo de conciencia como resultado de investigación y de ejercicio meditativo incesante, llevado a cabo con pleno rigor. Quien medita sabe que es así porque ha probado que, cuando se detiene elcontinuummental, la mente “no” existe. Esta mente que “no” existe tiene la naturaleza despojada y omnipenetrante del espacio, y es radiante, en el sentido que tiene la potencialidad de reflejar cualquiera cosa. La no-mente es el estado de mera atención. El estado de mera atención es el estado energético originario, incluso en sentido metafísico y cosmológico. En este sentido conocer la naturaleza de la mente equivale a conocer la naturaleza de los fenómenos, la matriz de donde surge el juego incesante de la dualidad. La matriz está vacía, es ilusoria. Lo que está más allá de los conceptos es calculado conceptualmente.

Quien sea sensible a la belleza estética no puede más que deleitarse con una teoría (teoría y visión son equivalentes etimológicos) que ve a la vibración energética fundamental de la mente y la del cosmos como un único fenómeno.

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Tecnología y más allá

Por Juan Downey

(Publicado en Radical Software, Vol. II – Nº 5, Invierno 1973)

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La guerra contra la humanidad y la naturaleza (i.e. – la extracción violenta de los frutos de la tierra) ha tenido en la tecnología su raison d’être y su incentivo para tal urgente desarrollo. La tecnología mal aplicada genera riqueza aparente, pero en el proceso desarmoniza la interacción entre humanidad y naturaleza.

El abrumador progreso de la industrialización es atribuible a la producción en serie de objetos acabados: la misma forma repetida para todos. Este ideal es contemporáneo a la emergencia del socialismo. Pero las líneas de montaje y sus consecuentes series de formas idénticas, son extrañas en el contexto natural.

La industrialización es también anti – natura dado que desplaza la importancia mística de la naturaleza, introduciendo sus mitos mecanicistas, separando al hombre de la naturaleza.

La industrialización del siglo diecinueve buscó sustituir y controlar los efectos naturales, generando así culturas con raíces rígidas, hiperespecializadas y fragmentadas: millones de individuos desconectados.  Las ciudades se han convertido en monumentos al mercado masivo de objetos, con la consiguiente glorificación de los sistemas de transporte, la fuente más popular y obvia del colapso ecológico. Los sistemas de transporte son la red de la codicia imperialista centralizada. El precio de sostener tales redes de intercambio ha concluido, a la vez, en la locura política global.

Hoy buscamos autorganizarnos en torno a los sistemas de comunicación cibernéticos y las fuentes de energía desarrolladas por la generación de la Segunda Guerra Mundial, hasta el presente utilizadas exclusivamente con una actitud mercantilista decimonónica. Es este uso industrial de la tecnología, en contraposición al uso cibernético de la tecnología, el que produjo una cultura que abandona a ambos, tanto humanismo como misticismo.

La tecnología cibernética operando sincrónicamente con nuestro sistema nervioso es la alternativa de vida para una humanidad desorientada. La electrónica inevitablemente extiende el sistema nervioso humano reorganizando la forma en que ocupamos el entorno. Expandiendo nuestra percepción, los circuitos electrónicos fortalecen la relación hombre-espacio, haciendo evidente su dependencia en el tiempo. . . Nuestras formas de vida requieren un entorno más amplio y más energizado. El modo en que nos relacionamos con otros seres humanos genera agrupaciones intra e interurbanas sin precedentes, en relación orgánica con los sistemas de comunicación.

Irónicamente, el abismo hombre – naturaleza sólo puede ser clausurado por la tecnología. El proceso de recomponernos a sí mismos en patrones de energía natural es Arquitectura Invisible, una postura de comunicación total en el que las mentes ultra desarrolladas serán telepáticamente celulares a una totalidad electromagnética.

Mientras que la industrialización acabo con la noción de un entorno artesanal diversificado, la tecnología informática se abre a la diversificación en el diseño del entorno. Puede alterar unidades modulares (no la producción en serie) para crear sistemas de mayor complejidad y flexibilidad allí donde las potencialidades de las comunidades humanas, debidas a la naturaleza de sus cerebros, son más altas. Este es un nivel de realidad  post-política, erótica, mística y electromagnética. Los computadores, mediante la transformación del entorno en células de variadas formas integradas a una totalidad sinergética, introducirán un humanismo místico. En algunos seres humanos, las ondas cerebrales son simbióticas a los fenómenos naturales: la comunicación con los demás y con el entorno es total.

El arquitecto invisible se hace uno con la energía y manipula el material – onda. La Arquitectura Invisible re – formula el circuito electrónico como herramienta de bio – feedback en la evolución de la colectividad de cerebros humanos para transmitir y recibir (no verbalmente) energía electromagnética de alta frecuencia. La comunicación directa está más allá de los símbolos: el contenido domina al significante.

La interacción humano / electrónica determina un nivel de humanidad de carácter global e interconectivo, donde la tecnología deviene cada vez menos necesaria. . . La tecnología cibernética rompe con el punto muerto hasta el cual nos había llevado el uso pre – cibernético de la tecnología: el equilibrio ecológico amenazado por una sin fin, y cada vez mayor, cantidad de herramientas.

La Arquitectura Invisible proporciona cobijo y comunicación / sistemas de transporte generados por el intercambio de energía electromagnética y gravitacional.

(La ley universal de gravitación puede ser entendida no en términos de atracción vertical, sino como un sistema tensional  que sostiene las distancias entre los cuerpos y sus ciclos orbítales).

LA CIUDAD DESMATERIALIZADA

Primera Etapa: La electrónica reformula la macro-planificación.

Segunda Etapa: Una red de comunicación.

“La emergencia del monoteísmo tuvo como corolario el rechazo de la Naturaleza; la afirmación de Jehová, el Dios a cuya imagen el hombre fue hecho, fue también una declaración de guerra contra la naturaleza”. Design with Nature, Ian McHarg.

La tradición judeo – cristiana  ha elaborado durante milenios, un razonamiento antropocéntrico que culmina en el Renacimiento, declarando inferior cualquier arte creado por fuera del sur de Europa.  La evolución de esta arrogancia geopolítica es la intolerante concepción imperialista de lo primitivo y lo exótico. El racismo aplicado al arte, es tanto suicidio cultural como también homicidio.

Primera Etapa: La electrónica reformula la macro-planificación.

La ciudad desmaterializada como matriz de comunicación  / intercambio de energía / transporte:

Los servicios urbanos, tales como la educación, el entretenimiento, trabajo, el comercio, el erotismo  público, la eliminación de desechos y el corretaje de valores, son adelantados por una red informática de video multi – direccional, lo que permite a los seres humanos re-establecer su relación con la naturaleza. La alternativa de una vida rural para alguien con los avances del estímulo urbano. La electrónica cibernética eleva a la sociedad a una dimensión de la energía cada vez más conectada con aquello que hace que el Universo funcione. Fuller llama este proceso  sinergia y Teilhard de Chardin poetiza con que todo lo que sube converge. Una sociedad dedicada al cultivo y el disfrute de la tierra es hecha realidad a través de la tecnología electrónica.

Segunda Etapa: Una red de comunicación.

En un escenario donde el valor último es la integración con las fuerzas de la naturaleza, la cultura occidental (a pesar y debido a una tecnología avanzada) ocupa un lugar bajo en comparación a Egipto, los Mayas, China, Tiahuanaco u otras, así llamadas, culturas primitivas. Lo que ha sido subestimado como religioso o mágico, ha demostrado ser el conocimiento de una realidad física más amplia. Las concepciones occidentales de lo primitivo y lo supersticioso con frecuencia son sofisticadas y complejas interacciones que actúan sobre el medio ambiente.

La ciudad desmaterializada es la red de comunicaciones electrónica, el circuito neural que une a seres individuales a pesar de la distancia, generando así una comprensión del espacio-tiempo relativista. Teilhard de Chardin describe la humanidad futura como una socialización de la mente; y Paolo Solari define la ciudad como mil mentes. Yo defino la Ciudad Desmaterializada como aquel grupo de mentes neuralmente conectadas a mí. La estructura de nuestra ciudad es el medio de comunicación que mantiene nuestra unidad. Mi familia en Chile es parte de esta ciudad invisible cuando hablamos por teléfono vía Telestar. Así, el satélite y su órbita alrededor de la tierra existe como neurona viviente.

La comprensión de la energía y de la materia, eleva a la humanidad al nivel operativo en el espectro de la energía electromagnética.

Concibo un futuro, sin sostén tecnológico, en el cual los cerebros humanos ultra desarrollados están profundamente entrelazados con las vías y patrones de energía, al punto de que desorden, guerra, residuos y  delincuencia están fuera de contexto. Los seres humanos comparten con todas las otras especies los beneficios de los ciclos naturales: un equilibrio comunicante.

Traducción de Alejandra Pérez N. y Jorge Budrovich S. (julio 2010).

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